divendres, 20 de febrer del 2009

Expulsión

Llevo años en esta nueva tierra. Aún me pregunto el porque de todo aquello que sucedió.
Mis padres vivían en Granada, eran los alfareros más conocidos y respetados por nuestra comunidad. Elaboraban piezas únicas, hermosas y detallistas que encandilaban a los castellanos viejos.
Poseían una fortuna grande pero modesta, una casa con pocas tierras, ya que su trabajo en la ciudad no les permitía cultivar grandes extensiones, pero la tierra era fértil y no teníamos necesidad de comprar productos fuera.

Yo nací en 1576, el año en que Felipe II prohibió la lengua árabe, los baños y vestirnos según nuestras tradiciones. Ahora que lo pienso me parece aún más cruel de lo que lo recordaba.
Mi padre y mis hermanos conocían la lengua árabe y yo aprendí un poco, a escondidas y en el seno familiar pero consiguieron que una pizca de la magia se adhiriera a mí.

Los primeros años de mi vida viví como una mudéjar, yo en aquellos momentos no sabía que significaba ni porque mis abuelos me miraban con compasión cada vez que oían ruido de caballos cerca de casa. Todo transcurría tranquilo hasta que los hombres del señor nos bautizaron en nombre del rey y de España para convertirnos en santos cristianos. A partir de ese momento fui morisca y ya nada volvió a ser igual. Aprendí castellano tal y como dictaban las órdenes y vestí con las ropas cristianas viejas y raídas que oprimían nuestras costumbres y maltrataban a nuestros ancestros.
Recuerdo especialmente un día. Mi padre estaba ilusionado, una actitud poco frecuente desde hacía años. Hoy en la plaza de Granada, el caballero morisco Francisco Núñez Muley hablaba en nombre de todos ante el consejo de autoridades de la ciudad para pactar una tregua de paz. Defendió delante esos hombres viejos y soberbios que nosotros, los moriscos, habíamos habitado en esas tierras hacía años, que las habíamos cultivado con nuestro sudor, que invertíamos el dinero en la res pública y habíamos aprendido el castellano, a respetar las costumbres cristiana y.... No pudo continuar. Fue acallado por el consejo y la masa castellana empezó a chillar. Nos acusaban de matar a niños, robar su dinero y maldecir sus tierras.
El Cardenal Cisneros juntamente con otros nobles y clérigos ayudaron al rey a tomar su decisión: teníamos tres días para huir, si transcurridos estos nos encontraban aún en estas tierras tenían libertad de quedarse con nuestros bienes y matarnos.
El primer grupo, constituido por 5.500 hombres, salió del Hospital Real de Granada. Permanecimos aún unos quantos allí pero el ejército envió destruir nuestros libros, apresarnos y amenazarnos.
Finalmente, mi familia y yo partimos en 1609. Tenía 33 años y había vivido siempre en aquella casa de grandes arcadas, pisado las calles y conocido a sus gentes. Y ahora… no quedaba nada.
Caminamos dos días, con nuestros pequeños bienes encima. Íbamos en grandes grupos para evitar ser robados y asesinados. Subimos a una galera que nos envió a esta tierra seca y soleada.
Hoy, escribo estas pequeñas anotaciones porque pronto voy a emprender un viaje mayor y más eterno pero quiero que la humanidad conozca ese crimen despiadado que despego a los moriscos de sus tierras.

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